Me hacéis muchas (demasiadas) preguntas:
¿Cuántos cursos diste clase y cuántos años hace? ¿Qué materias y en qué cursos?
¿Qué haces ahora? ¿Cómo describirías a los marineros/as a los que diste clase?
¿Alborotadores, trabajadores, vagos? ¿Alguna anécdota surrealista de esos años?
¿Te sentiste bien acogido y tratado? ¿Nos echas de menos? ¿Quieres saludar a
alguien especialmente? ¿Cómo sería la clase de tus sueños y tu grupo de alumnos
ideal? ¿Y tú instituto ideal?...
Queridos amigos, la andanada de preguntas que me lanzáis parece una ficha policial. Yo imagino el encuentro con unos piratas de otra manera: en cubierta al atardecer, fondeado el bergantín ante la isla de la Tortuga, hablando a voz en grito en torno a una botella de ron y mostrando cicatrices y tatuajes.
Eso es lo que puedo, si me permitís, mostraros: cicatrices y tatuajes. Unas y otros no se pueden borrar. Van con nosotros. Son efecto de decisiones no siempre sensatas, de aventuras involuntarias, de encuentros y desencuentros, de duelos, de batallas (de amor y de las otras)... es decir, de la vida. La escritura de la vida sobre nuestro cuerpo. Escritura no siempre descifrable (¿es descifrable lo vivido?). Vosotros, mis queridos compañeros y alumnos del Domingo Miral formáis parte de esa escritura que la vida ha inscrito en mí.
Ahí van algunos tatuajes:
Recuerdo ciertas tardes de primavera, al salir de alguna reunión del Instituto (alguna interminable Comisión de Coordinación Pedagógica, probablemente) quedarme extasiado ante el reflejo del sol dorado de la tarde en la cumbre nevada del pico Collarada.
Recuerdo algunas clases de psicología, en las que representamos mis alumnos y yo, a puerta cerrada, sólo para nosotros, la obra teatral de J.-P. Sartre A puerta cerrada.
Recuerdo el eclipse de sol el 11 de agosto de 1999: Jaca parecía de plata.
Recuerdo las parejas de alumnos que se besaban en el rincón que hay justo enfrente del departamento de filosofía. Debía de parecerles acogedor. En esos momentos me sentía feliz de que ese departamento no les resultara hostil.
Recuerdo, al llegar al instituto por la mañana, dos milanos reales sobrevolando a una altura increíblemente baja el Domingo Miral.
Recuerdo a los pequeños de primero de la E.S.O. dibujando caricaturas del profesor de guardia (es decir, yo). Aún las conservo.
Recuerdo haber visto por el Paseo de la Cantera a un rebaño de ovejas cada una de ellas con las letras JA (de Jaca, supongo) pintadas en el lomo: un rebaño-carcajada, pensé.
Recuerdo el castaño cuyas ramas se asomaban a la ventana del Departamento. Recuerdo sobre todo a mis inolvidables compañeros en la imposible y necesaria tarea de enseñar: María José, Miguel Ángel, Lola, María Pilar, María Luisa, Javier, Germán, Luis, Patricia, Pepe, Carmen, Pilar…
Y una cicatriz:
Debo confesaros que no sé enseñar. Y además que me he encontrado, y muy pronto, con las limitaciones de mi propia ignorancia. El que haya podido enseñar algo a alguien es tan inexplicable, absurdo y bello como el amor. Por eso nunca he entendido que exista una ciencia llamada “pedagogía”. ¿Existe acaso una ciencia del amor?
Cuando me invitasteis a responder a esta entrevista me tratasteis de ex almirante. Nunca he sido un almirante en el Domingo Miral. Como mucho un grumete, un aprendiz en el difícil arte (que no ciencia) del magisterio.
-Jesús Ezquerra-
Y gracias a él podemos disfrutar esta obra de arte:


